
En teoría, el riesgo de fracaso empresarial se puede reducir a un número: la probabilidad de fracaso multiplicada por el coste del fracaso. Claro que esto resulta ser un análisis subjetivo, pero en el proceso se revelan tus propias actitudes hacia el riesgo y la recompensa financiera. Por el contrario, el riesgo personal suele ser difícil de cuantificar. Es una cuestión de valores y prioridades, una expresión de quién eres. «Ir a lo seguro» puede significar simplemente que no le das mucha importancia a las concesiones inherentes al statu quo. Las recompensas financieras del momento pueden compensarte por completo la pérdida de tiempo y satisfacción. O tal vez simplemente no piensas en ello. Por otro lado, si el tiempo y la satisfacción son preciosos, verdaderamente invaluables, descubrirás que el coste del fracaso empresarial, siempre que no ponga en peligro tu bienestar o el de tu familia, palidece en comparación con los riesgos personales de no intentar vivir la vida que deseas hoy. Considerar el riesgo personal nos obliga a definir el éxito personal. Bien podríamos descubrir que el fracaso empresarial que evitamos y el éxito empresarial al que aspiramos no nos llevan en absoluto al éxito personal. La mayoría de nosotros hemos heredado nociones de «éxito» de otros o hemos llegado a ellas tras superar una interminable serie de obstáculos desde la escuela primaria hasta la universidad y nuestra vida profesional. Constantemente nos juzgamos según criterios ajenos y nos comparamos con los demás. Las metas personales, en cambio, nos liberan de esta costumbre de medir y comparar inútilmente. Solo un Plan de Vida Integral conduce al éxito personal. Es el que ofrece mayor satisfacción y plenitud para toda la vida. En un Plan de Vida Diferido, siempre habrá otro premio que anhelar, otra distracción, un nuevo anhelo que saciar. Siempre te quedarás corto.
El monje y el enigma: La formación de un emprendedor de Silicon Valley

Randy Komisar
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