
La televisión es perfecta. Giras unas cuantas perillas, haces algunos de esos ajustes mecánicos en los que los simios superiores son tan expertos, te recuestas y dejas tu mente en blanco. Y ahí estás, observando las burbujas en el fango primigenio. No tienes que concentrarte. No tienes que reaccionar. No tienes que recordar. No echas de menos tu cerebro porque no lo necesitas. Tu corazón, hígado y pulmones siguen funcionando con normalidad. Aparte de eso, todo es paz y tranquilidad. Estás en el nirvana del hombre. Y si algún pobre infeliz se acerca y te dice que pareces una mosca en un cubo de basura, no le hagas caso. Probablemente no tenga lo que cuesta un televisor.

Raymond Chandler
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