
Solemos sorprendernos ante la idea de que Dios pueda estar enojado. ¿Cómo puede una deidad perfecta y amorosa enojarse?… Nos enorgullecemos de nuestra tolerancia hacia los excesos ajenos. Entonces, ¿cuál es el problema de Dios?… Pero el amor detesta lo que destruye al ser amado. El amor verdadero se opone al engaño, la mentira, el pecado que destruye. Hace casi un siglo, el teólogo E.H. Glifford escribió: «El amor humano ofrece aquí una analogía verdadera: cuanto más ama un padre a su hijo, más odia en él al borracho, al mentiroso, al traidor»…. La ira no es lo opuesto al amor. El odio sí lo es, y la forma final del odio es la indiferencia… ¿Cómo puede un Dios bueno perdonar a los malos sin comprometerse a sí mismo? ¿Acaso manipula los hechos? «Oh, no importa… los chicos son así». Intenta decirle eso a un sobreviviente de los campos de exterminio camboyanos o a alguien que perdió a toda su familia en el Holocausto. No. Para ser verdaderamente bueno, uno tiene que indignarse ante el mal y ser implacablemente hostil a la injusticia.

Rebecca Manley Pipert
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