
En realidad, todo miedo nace de la imaginación, lo que significa que el peligro que tememos no necesita ser racional ni siquiera real para ser poderoso. Como mi miedo a las serpientes. Cuando tenía dieciocho años, me salí de la carretera y caí en una zanja porque había una serpiente en el camino. No importaba que la serpiente no pudiera haberme mordido a través del coche. No importaba que probablemente ni siquiera fuera venenosa o que incluso ya estuviera muerta. Ni siquiera importaba que salirme de la carretera a ochenta kilómetros por hora supusiera un peligro mucho mayor que la serpiente a la que temía. El miedo no escucha a la razón. Sigue su propio criterio.
La promesa del muérdago

Richard Paul Evans
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