
Adrian levantó mi rostro hacia el suyo y me besó. Como siempre, el mundo a mi alrededor se detuvo. No, el mundo se convirtió en Adrian, solo en Adrian. Besarlo fue tan alucinante como siempre, lleno de esa misma pasión y necesidad que nunca creí sentir. Pero hoy, había aún más. Ya no tenía ninguna duda sobre si esto estaba bien o mal. Era la culminación de un largo viaje… o tal vez el comienzo de uno. Lo abracé por el cuello y lo acerqué más. No me importaba que estuviéramos en público. No me importaba que fuera Moroi. Lo único que importaba era que era Adrian, mi Adrian. Mi pareja. Mi compañero de fechorías, en la larga batalla a la que me había comprometido para corregir las injusticias en los mundos de los Alquimistas y los Moroi. Tal vez Marcus tenía razón en que también me había apuntado al desastre, pero no me importaba. En ese momento, parecía que mientras Adrian y yo estuviéramos juntos, no había desafío demasiado grande para nosotros. No sé cuánto tiempo estuvimos allí besándonos. Como dije, el mundo a mi alrededor desapareció. El tiempo se detuvo. Estaba absorta en la sensación del cuerpo de Adrian contra el mío, en su aroma y en el sabor de sus labios. Eso era lo único que importaba ahora.
El hechizo índigo

Richelle Mead
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