
Sydney, no dejes a Adrian por mi culpa.» «Es más complicado que eso», dije automáticamente. «En realidad no lo es», dijo ella. «Por todo lo que he visto y oído, solo tienes miedo. Siempre has controlado cada detalle de tu vida. Cuando no pudiste, como con los Alquimistas, encontraste la manera de recuperar ese control.» «No hay nada de malo en querer tener el control», espeté. «Excepto que no siempre podemos tenerlo, y a veces eso es algo bueno. Algo genial, incluso», añadió. «Y así es con Adrian. No importa cuánto lo intentes, no vas a poder controlar tus sentimientos por él. No puedes evitar amarlo, y por eso estás huyendo. Yo solo soy una excusa.»
El hechizo índigo

Richelle Mead
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