
¿Estás conforme con lo que pedimos? —le preguntó Angeline—. No has dicho nada. Neil negó con la cabeza, impasible. Llevaba el pelo oscuro cortado de forma muy corta y práctica. Era el tipo de peinado que a los alquimistas les habría encantado. —No puedo perder el tiempo discutiendo por nimiedades como el pepperoni y los champiñones. Si hubieras ido a mi escuela en Devonshire, lo entenderías. En una de mis clases de segundo año, nos dejaron solos en los páramos para que nos las arregláramos y aprendiéramos técnicas de supervivencia. Pasa tres días comiendo ramitas y brezo, y aprenderás a no discutir por la comida que te sirvan. Angeline y Jill exclamaron como si fuera lo más rudo y varonil que hubieran oído jamás. Eddie tenía una expresión que reflejaba lo que yo sentía, preguntándome si este tipo era tan serio como parecía o simplemente un genio con frases para suspiros.
El corazón ardiente

Richelle Mead
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