
La verdadera Biblia no es obra de hombres inspirados, ni de profetas, ni de apóstoles, ni de evangelistas, ni de Cristos. Todo hombre que encuentra un hecho, añade, por así decirlo, una palabra a este gran libro. No está atestiguada por profecías, ni por milagros ni señales. No apela a la fe, ni a la ignorancia, ni a la credulidad ni al miedo. No tiene castigo para la incredulidad, ni recompensa para la hipocresía. Apela al hombre en nombre de la demostración. No tiene nada que ocultar. No teme ser leída, ser contradicha, ser investigada y comprendida. No pretende ser santa ni sagrada; simplemente afirma ser verdadera. Desafía el escrutinio de todos e implora a cada lector que verifique cada línea por sí mismo. Es incapaz de ser blasfemada. Este libro apela a todo el entorno del hombre. Cada cosa que existe da testimonio de su perfección. La tierra, con sus bosques y llanuras, sus rocas y mares; con cada una de sus olas y nubes; Con cada una de sus hojas, brotes y flores, confirma cada una de sus palabras, y las solemnes estrellas, que brillan en los abismos infinitos, son los testigos eternos de su verdad.

Robert G. Ingersoll
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