
Una premisa fundamental del expresionismo era que la puesta en escena —el espacio visual del cine (así como de la ficción, la representación teatral y la pintura)— debía expresar el estado psicológico de angustia de su personaje principal o, de forma más universal, de la cultura en general. El cuadro El grito (1893) de Edvard Munch ejemplifica a la perfección este efecto, aunque en realidad es anterior al movimiento expresionista y lo influyó. Esta pintura, que representa una figura en un puente, de pie frente a un cielo violento y multicolor, con las manos alzadas en señal de ansiedad y terror, es una imagen emblemática del siglo XX. Encapsula el deseo expresionista de convertir el mundo en un reflejo de la angustia interior que ha provocado.
Forma cinematográfica y cultura

Robert Kolker
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