
Jimi en la caja, treinta pisos más arriba, todo inmediato, pero distante. Los acordes de Jimi atrapados en peleas aéreas, planeando, cabalgando, deslizándose, escondiéndose, estallidos beligerantes, alucinógenos, una fusión mental que distorsiona la cabeza y borra la cara, acordes vivos bombarderos en picado gritando para matar, centelleantes, acordes serrados atravesados por chillidos de luz de arco de caos staccato, tan inmediatos y horribles como el tiroteo que ruge en este mismo segundo bajo nuestros ojos rojos e hinchados; acordes que cuelgan en el aire como el reflejo retiniano de una extraña quemadura, las estrellas desplazadas y el olor de un mundo quemado. Arriba, aves nocturnas volando, Huey, Apache, Chinook, zumbando con potencial asesino. Y sobre todo – cada estruendo, estallido y traqueteo apocalíptico – Jimi, balando como Braxton y uniéndose a la grandilocuencia.

Roger Steffens
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