
Ibn Rushd, acariciando su cuerpo, había elogiado su belleza con tanta frecuencia que ella se irritó y dijo: «Entonces, ¿no crees que mis pensamientos merecen ser elogiados?». Él respondió que la mente y el cuerpo eran uno, que la mente era la forma del cuerpo humano y, como tal, era responsable de todas las acciones del cuerpo, una de las cuales era el pensamiento. Alabar el cuerpo era alabar la mente que lo gobernaba. Aristóteles lo había dicho y él estaba de acuerdo, y por eso le resultaba difícil —susurró blasfemamente al oído de ella— creer que la conciencia sobreviviera al cuerpo, pues la mente era del cuerpo y no tenía sentido sin él. Ella no quiso discutir con Aristóteles y no dijo nada. «Platón era diferente», admitió él. «Platón pensaba que la mente estaba atrapada en el cuerpo como un pájaro y que solo cuando pudiera liberarse de esa jaula podría remontar el vuelo y ser libre».
Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Salman Rushdie
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