
Este universo está impregnado de misterio. Su mera existencia, y la nuestra, es un misterio absoluto, el único milagro digno de tal nombre. La conciencia que nos anima es fundamental para este misterio y el fundamento de cualquier experiencia que queramos llamar «espiritual». No necesitamos abrazar mitos para conectar con la profundidad de nuestra situación. No necesitamos adorar a ningún dios personal para maravillarnos ante la belleza y la inmensidad de la creación. No necesitamos practicar ficciones tribales para darnos cuenta, un buen día, de que, en efecto, amamos a nuestro prójimo, que nuestra felicidad es inseparable de la suya y que nuestra interdependencia exige que todas las personas tengan la oportunidad de prosperar.
El fin de la fe: religión, terror y el futuro de la razón

Sam Harris
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