Samuel Taylor Coleridge

Amainó la brisa, las velas arriaron, era tan triste como podía serlo; y solo hablamos para romper el silencio del mar. Bajo un cielo ardiente y cobrizo, el sol sangriento, al mediodía, se alzaba justo encima del mástil, no más grande que la luna. Día tras día, día tras día, permanecimos inmóviles, sin aliento ni movimiento; tan ociosos como un barco pintado sobre un océano pintado.
– Samuel Taylor Coleridge –


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Amainó la brisa, las velas arriaron, era tan triste como podía serlo; y solo hablamos para romper el silencio del mar. Bajo un cielo ardiente y cobrizo, el sol sangriento, al mediodía, se alzaba justo encima del mástil, no más grande que la luna. Día tras día, día tras día, permanecimos inmóviles, sin aliento ni movimiento; tan ociosos como un barco pintado sobre un océano pintado.

La balada del viejo marinero y otros poemas


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Samuel Taylor Coleridge


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