
El cordero balaba vigorosamente cuando Mary lo arrastró a la sala de manicura, y Zel hizo una mueca. Debería insistir en que Julie viniera a trabajar. Le vendría bien la ayuda, además de que significaría más tiempo madre-hija… y, pensó Zel con ironía, no tendré que buscar una torre libre en las afueras. Cerrando la agenda, Zel fue a terminar de cortarle el pelo a Linda. «¿Oí una oveja ahí fuera?» preguntó Linda. «Perro enfermo», dijo Zel. «Ahora, baja la cabeza». Linda obedeció y Zel pasó los dedos por la nuca para comprobar que estuviera uniforme. Lo único que tenía que hacer era pensar en una manera de hacer que Julie viniera sin que Julie asumiera inmediatamente que su madre estaba intentando arruinarle la vida. No era tarea fácil.
Hacia lo salvaje

Sarah Beth Durst
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