
No era de los que demostraban afecto con gestos, ni verbales ni no verbales. Le repugnaban las parejas que se besaban apasionadamente en los pasillos entre clases y le molestaban hasta los momentos más cursis de las películas. Pero yo sabía que le importaba: simplemente lo expresaba de forma más sutil, con la misma concisión con la que manifestaba esa emoción que con todo lo demás. Por ejemplo, en la forma en que me ponía la mano en la espalda o en cómo me sonreía cuando decía algo que le sorprendía. En algún momento, tal vez hubiera querido más, pero con el tiempo que llevábamos juntos, terminé entendiendo su forma de pensar. Y estábamos juntos todo el tiempo. Así que no tenía que demostrarme lo que sentía por mí. Como tantas otras cosas, simplemente debería saberlo.
La verdad sobre el para siempre

Sarah Dessen
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