
Jean le sonrió y ella le entregó algo en una pequeña bolsa de seda. —¿Qué es esto? —Un mechón de mi cabello —dijo ella—. Pensaba dártelo hace días, pero estuvimos ocupados con todos los saqueos. Ya sabes. Piratería. Una vida agitada. —Gracias, amor —dijo él—. Ahora, si te encuentras en problemas dondequiera que vayas, puedes mostrarle esa bolsita a quien te esté molestando y decirle: «No tienes idea con quién te estás metiendo. Estoy bajo la protección de la dama que me dio este objeto de su favor». —¿Y se supone que eso los hará parar? —Mierda, no, eso es solo para confundirlos. Luego los matas mientras están ahí parados mirándote raro.
Mares rojos bajo cielos rojos

Scott Lynch
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