
Todo aquello que puede hacer la vida verdaderamente feliz es absolutamente bueno en sí mismo porque no puede ser deformado para convertirse en maldad. De ahí surge el error: mientras todos los hombres desean una vida feliz, confunden los medios con la cosa misma, y mientras se imaginan persiguiéndola, huyen de ella, pues cuando la suma de la felicidad consiste en una sólida tranquilidad y una confianza sin reservas en ella, siempre están acumulando causas de inquietud y no solo cargan con cargas, sino que las arrastran dolorosamente por el camino accidentado y engañoso de la vida, de modo que aún se alejan del buen efecto propuesto. Cuanto más se esfuerzan, más trabajo tienen entre manos; en lugar de avanzar, retroceden, y como sucede en un laberinto, su propia velocidad los desconcierta y los confunde.
Cartas de un estoico

Séneca
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