
Podría haberme convertido en médico, ingeniero, mecánico o incluso vendedor de coches, pero en vez de eso, elegí ser soldado. ¿Quién tenía la culpa? La forma en que glorificaban la guerra en casa podía hacer que cualquiera dejara su trabajo y se alistara en el ejército. Las nociones románticas de ser soldado duraban hasta que tenías que quitar una o dos vidas. Después de eso, todo se derrumbaba y la mayoría de los hombres que se habían alistado se arrancaban los pelos preguntándose por qué se habían creído toda esa mierda. No teníamos a quién culpar más que a nosotros mismos. Queríamos servir a este país, ¿y qué mejor manera de hacerlo que disparar, bombardear e incinerar al enemigo mientras nuestros camaradas caían a nuestro lado y una esposa y madre en algún lugar se aferraba a una bandera y derramaba lágrimas de pérdida? No había gloria en la guerra, solo muerte. Esas condecoraciones y medallas eran como imanes en un refrigerador. No significaban nada para los niños huérfanos ni para las esposas viudas. A los soldados que regresaban a casa tras años en el campo de batalla no les importaba nada; solo encontraban a sus esposas en la cama con otro. Aun así, seguíamos adelante, obedeciendo cada orden que nos imponían a la fuerza… luchando, matando.
Pesadilla

Shayne Colaco
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