
No tenía amigos. ¿Era feliz? Era inmensamente feliz. Sentada en mi cama, que ocupaba casi todo el espacio de aquella estrecha habitación, susurraba oraciones de agradecimiento por estar realmente allí, en Nueva York, comenzando una nueva vida. Adoraba el lugar. Disfrutaba cada rincón: las multitudes, los puestos de frutas y verduras, los kilómetros de acera, los grafitis, incluso la basura. Todo me provocaba arrebatos de alegría. Huelga decir que mi euforia tenía un matiz irracional. Si no hubiera llegado cargada de ideas sobre el paraíso urbano, tal vez me habría sentido mal por la falta de sueño, sola y desorientada, pero en cambio, deambulaba por la ciudad como una enamorada, absorbiendo la diferencia entre allí y aquí.
Una defensa de Eros: Ensayos

Siri Hustvedt
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