
El silencio. El fin de toda poesía, de todos los romances. Antes, asustado, empezaste a presentirlo: tantas páginas pasadas, el libro tan pesado en una mano, tan ligero en la otra, adelgazando hacia el final. Aun así, te consolaste. No estabas del todo al final de la historia, en esa terrible guarda, vacía como una ventana cerrada: aún quedaban algunas páginas bajo tu pulgar, aún por buscar y atesorar. Oh, ¿era posible leer más despacio? —No. El final se acercaba, inexorable, al mismo ritmo pausado. ¡La última página, la última de las palabras brillantes! Y ahí… el final de los libros. La tapa dura que, al abrirla, solo te ofrece este cuero estampado con viejas rosas y escudos. Entonces llega el silencio, como la ausencia de sonido al final del mundo. Levantas la vista. Es una habitación en una casa antigua. O tal vez sea un asiento en un jardín, o incluso una plaza; tal vez has estado leyendo afuera y de repente ves pasar los carruajes. La vida regresa, como las sombras de las hojas. Alguien viene a preguntar qué cenarás, o dos niños pequeños pasan corriendo a tu lado gritando; o simplemente es una brisa que mueve una cortina, la tela blanca que se despliega en una habitación, rozando los papeles sobre un escritorio. Es el sonido del mundo. Pero para ti, el lector, es solo un silencio, desolado y vacío.
Un extraño en Olondria

Sofía Samatar
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