
El inglés es como Londres: orgullosamente bárbaro pero profundamente civilizado, común pero regio, vulgar pero solemne, sagrado pero profano. Cada frase que pronunciamos, lo sepamos o no, es una mezcla heterogénea de Chaucer, Shakespeare, Milton, Johnson, Dickens y estadounidense. Discursos militares, navales, legales, corporativos, criminales, de jazz, rap y de gueto se entremezclan a cada paso. El francés, como París, ha intentado, a través de su Academia, conservar su pureza, luchar contra las mareas crecientes del Franglais y la prefabricación internacional. El inglés, en comparación, es una ramera desvergonzada.
La oda menos transitada: Descubriendo al poeta que llevamos dentro.

Stephen Fry
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