
Rumbo a la biblioteca. Y durante todo el tiempo que pasó en el catálogo de fichas, recorriendo los estantes, rellenando las fichas de solicitud, bailó un silencioso y coqueto minué de miradas con una pelirroja de mejillas sonrosadas en la sección de biología, con páginas de apuntes extendidas ante ella. Toda su vida había sentido atracción por las mujeres en las bibliotecas. En un entorno intelectual, lo físico se vuelve irresistible. Además, pensaba que era mucho más probable que conociera a una mujer mejor, o al menos más compatible, en una biblioteca que en un salón. Debería haber bibliotecas para solteros, con sopas y ensaladas, Bach y Mozart, Montaignes encuadernados en marruecos; un lugar para beber, fumar y seducir en un ambiente clásico, de mediodía a medianoche. Salones de Chaucer, llámenlos, cadena de franquicias.
Una idea sin duda descabellada

Stephen Minkin
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