
Nada en este planeta se compara con el amor de una mujer: es bondadoso y compasivo, paciente y protector, generoso, dulce e incondicional. Puro. Si eres su hombre, ella haría lo que fuera por ti, sin importar cómo te hayas portado, sin importar las locuras que hayas hecho, sin importar la hora ni las exigencias. Si eres su hombre, te hablará hasta que no queden más palabras, te animará cuando estés en lo más bajo y creas que no hay salida, te abrazará cuando estés enfermo y reirá contigo cuando estés feliz. Y si eres su hombre y esa mujer te ama —¿de verdad te ama?— te levantará cuando estés maltrecho, te animará cuando estés deprimido, te defenderá incluso cuando no esté segura de que tengas razón y escuchará atentamente cada una de tus palabras, incluso cuando no digas nada que valga la pena escuchar. Y no importa lo que hagas, no importa cuántas veces sus amigos digan que no vales la pena, no importa cuántas veces cierres la puerta a la relación, ella te dará lo mejor de sí y más, y seguirá intentando ganarse tu corazón, incluso cuando actúes como si todo lo que ha hecho para convencerte de que es la indicada no fuera suficiente. Ese es el amor de una mujer: resiste la prueba del tiempo, la lógica y todas las circunstancias… Bueno, estoy aquí para decirte que esperar ese tipo de amor, esa perfección, de un hombre es irreal. Así es, lo dije: no va a suceder, de ninguna manera. Porque el amor de un hombre no es como el amor de una mujer.

Steve Harvey
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