
Cal abre un cajón, saca un bloc de dibujo y carboncillo y los coloca sobre una mesa de dibujo. ‘Vamos a dibujar’. Sonrío como cuando era niña al recibir una caja nueva de 64 crayones Crayola, mostrando sin pudor todos mis dientes. Recuerdo cuánto me gustaba dibujar y me pregunto por qué ya no lo hago. Escribo, supongo. Dibujo con palabras, pero cuando veo el bloc y el carboncillo de Cal, me invade la sensación de que no es lo mismo. Uso mis palabras, mi carboncillo de artista para describir lo que estoy pensando. Dibuja con una fluidez imperfecta, deteniéndose solo ocasionalmente para sombrear el dibujo con el pulgar o rozar el papel con el dorso de las manos. Escucha, asiente y no interrumpe. Y cuando termino de hablar, mira el dibujo y sus ojos se abren de par en par. Lentamente, gira el bloc para que lo vea. Mi corazón se detiene y luego vuelve a latir. ‘Sí’, digo. Es perfecto. Con una riqueza de detalles y una profunda sensibilidad inuit que jamás habría imaginado, sentada en mi coche al aire libre, el miedo se ha desvanecido. Siento un cosquilleo en la piel, como si pudiera sentir los mil pinchazos que están por venir. Estoy viva.

Steven Rowley
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