
¿Te comiste mis Twinkies? —Tragó saliva. Con los ojos fijos en el látigo, dijo—: ¿De qué Twinkies estamos hablando exactamente? —Los Twinkies del armario encima del fregadero. Los únicos Twinkies de la caravana. —Sus dedos se convulsionaron alrededor de las espirales de cuero—. Oh, Dios mío —pensó—. Desollada hasta la muerte por un Twinkle. —¿Y bien? —No… no volverá a pasar, te lo prometo. Pero no tenían ninguna marca especial, así que no había manera de que supiera que eran tuyos.» Sus ojos permanecieron fijos en el látigo. «Y normalmente no me los habría comido —nunca como comida chatarra— pero tenía hambre anoche, y, bueno, cuando lo piensas, tendrás que admitir que te hice un favor porque ahora me están obstruyendo las arterias a mí en lugar de a ti.» Su voz era baja. Demasiado baja. En su mente escuchó el aullido de un cosaco furioso aullando a una luna rusa. «No toques mis Twinkies. Nunca. Si quieres Twinkies, cómprate los tuyos.»
Besa a un ángel

Susan Elizabeth Phillips
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