
El organista estaba casi al final de la larga introducción del himno, y a medida que el crescendo aumentaba, la catedral comenzó a brillar ante mis ojos hasta que sentí como si cada piedra del edificio vibrara anticipando la arrolladora espada de sonido del coro. La nota estalló en medio de nosotros, y en ese momento supe que nuestro creador nos había tocado no solo a mí, sino a todos, tal como Harriet había tocado aquella escultura con una mano amorosa hacía mucho tiempo, y en ese toque percibí la fidelidad indestructible, la devoción indescriptible y la energía inagotable del creador mientras daba forma a su creación, trayendo vida de la materia muerta, arrebatando forma continuamente del caos. Nada se perdía jamás, había dicho Harriet, y nada se desperdiciaba jamás porque siempre, cuando la obra finalmente se completaba, cada elemento del proceso creativo, visible o invisible, conservado o desechado, roto o reparado, TODO era justificado, glorificado y redimido.

Susan Howatch
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