
Cuando sea anciano y no recuerde nada más, recordaré este momento. La primera vez que mis ojos vieron a un ángel en carne y hueso. «Recordaré tu cuerpo y tus ojos, tu hermoso rostro y tus pechos, tus curvas y esto». Recorrió con la mano el contorno de su ombligo antes de deslizarla suavemente hasta la parte superior de sus rizos inferiores. «Recordaré tu aroma y tu tacto y lo que se sentía al amarte. Pero sobre todo, recordaré lo que se sentía al contemplar la verdadera belleza, tanto interior como exterior. Porque eres hermosa, mi amada, de alma y de cuerpo, generosa de espíritu y de corazón. Y nunca veré nada en este mundo más hermoso que tú.
El infierno de Gabriel

Sylvain Reynard
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