
Siempre he sido un cobarde. Dejé los Boy Scouts, el coro, la banda de música. Dejé mi reparto de periódicos, le di la espalda a la iglesia, metí al equipo de baloncesto. Abandoné la universidad, evité el ejército con una calificación de 4-F por inestabilidad mental, volví a estudiar, lo intenté, entré en un programa de doctorado en literatura británica del siglo XIX, me senté en primera fila, tomé apuntes con asiduidad, me compré un par de gafas de montura de cuerno y lo dejé la víspera de mis exámenes finales. Me casé, me separé, me divorcié. Dejé de fumar, dejé de correr, dejé de comer carne roja. Dejé trabajos: cavar tumbas, echar gasolina, vender seguros, proyectar películas pornográficas en un cine de arte en Boston. Cuando tenía diecinueve años hice el amor frenéticamente con una chica de cara demacrada y pechos caídos que conocía del instituto. Se quedó embarazada. Me fui de la ciudad.

TC Boyle
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