
Si existía la magia en este mundo, ocurría a la vista de las tres bases y el plato. Todas las gemas de mi mundo que adornaban las paredes y los suelos de las guaridas de dragones, las empuñaduras de las espadas de príncipes privilegiados y las coronas que lucían emperadores y reyes, no eran nada comparadas con la belleza y el esplendor del diamante del Estadio Wrigley. No era solo un patio con tierra, líneas de tiza, bases y una pequeña colina en el centro. Wrigley era un campo de sueños. Sueños de gloria eterna para los hombres que corrían hacia el jardín, que tomaban sus respectivas bases y se preparaban para la batalla contra aquellos que se atrevieran a entrar en su sagrado reino. Sueños para los niños en las gradas, todos deseando ponerse un uniforme, despedirse de sus madres con un beso y blandir sus bates como armas encantadas destinadas a arrancar la pelota. Y para los adultos que ya habían elegido su destino, Wrigley hizo realidad los sueños de una inocencia pasada, la capacidad de asombro perdida y la promesa de que aún quedaba algo intrínsecamente bueno en el mundo. Sí, suena cursi a más no poder. Pero es totalmente cierto.
El caso del colgante del lanzador: Un misterio de Billibub Baddings

Tee Morris
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