
Con el rostro contraído por una férrea determinación, Richard avanzó penosamente, intentando tocar el diente que se le marcaba bajo la camisa. Una soledad más profunda de lo que jamás había conocido le oprimía los hombros. Había perdido a todos sus amigos. Ahora sabía que su vida no le pertenecía. Pertenecía a su deber, a su misión. Era el Buscador. Nada más. Nada menos. No era dueño de sí mismo, sino un peón al servicio de otros. Una herramienta, igual que su espada, para ayudar a los demás, para que pudieran tener la vida que él solo había vislumbrado por un instante. No era diferente de las tinieblas que acechaban en el límite. Un portador de la muerte.
Primera regla del mago

Terry Goodkind
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