
Percibió esa facultad extraordinaria en el hombre, esa decencia extraña, altruista, rara y obstinada que lleva a escritores o científicos a defender sus verdades a riesgo de muerte. Eppur si muove, diría Galileo; se mueve igual. Estarían en posición de quemarlo si persistía en su disparate sobre la Tierra girando alrededor del Sol, pero continuaría con la sublime afirmación porque había algo que valoraba más que a sí mismo. La Verdad. Reconocer y aceptar Lo Que Es. Eso era lo que el hombre podía hacer, lo que sus ingleses podían hacer, sus amados, sus dormidos, sus ahora indefensos ingleses. Podían ser estúpidos, feroces, apolíticos, casi desesperanzados. Pero aquí y allá, oh, tan raros, oh, tan gloriosos, había quienes, aun así, se enfrentarían al potro de tortura, al verdugo e incluso a la extinción total, por la causa de algo más grande que ellos mismos. La Verdad, esa cosa extraña, la broma de Pilatos. Muchos jóvenes insensatos creyeron que morían por ello, y muchos seguirían muriendo por ello, quizás durante mil años. No tenían por qué tener razón, como la tendría Galileo. Bastaba con que ellos, los pocos mártires, alcanzaran la grandeza, algo superior a la suma de todo lo que, en su ignorancia, poseían.
El libro de Merlín: La conclusión inédita de El rey que fue y será

TH White
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