
Qué adorable le resultaba su rostro. Sin embargo, no tenía nada de etéreo; todo era vitalidad, calidez, encarnación. Y todo culminaba en su boca. Unos ojos casi tan profundos y expresivos como los que había visto antes, y unas mejillas quizás igual de hermosas; cejas igual de arqueadas, una barbilla y una garganta casi igual de bien formadas; su boca, para él, no había visto nada igual en toda la faz de la tierra. Para un joven con la menor pasión, esa leve elevación en el centro de su labio superior rojo era cautivadora, fascinante, enloquecedora. Nunca antes había visto los labios y los dientes de una mujer que le evocaran con tanta insistencia la antigua metáfora isabelina de las rosas cubiertas de nieve. Perfectos, podría haberlos llamado así sin más, como amante. Pero no, no eran perfectos. Y era el toque de lo imperfecto sobre lo que aspiraba a ser perfecto lo que les confería dulzura, porque era lo que les otorgaba humanidad.
Tess de los D’Urberville

Thomas Hardy
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