
En lo más profundo de nuestro ser hay algo que anhela plenitud y finalidad. Dado que fuimos creados para la vida eterna, fuimos creados para un acto que reúne todas las facultades y capacidades de nuestro ser y las ofrece simultáneamente y para siempre a Dios. El instinto espiritual, a veces ciego, que nos dice vagamente que nuestras vidas tienen una importancia y un propósito particulares, y que nos impulsa a descubrir nuestra vocación, busca, al hacerlo, llevarnos a una decisión que dedique nuestras vidas irrevocablemente a su verdadero propósito. Quien pierde este sentido de su destino personal y renuncia a toda esperanza de tener una vocación en la vida, o bien ha perdido toda esperanza de felicidad, o bien se ha embarcado en una vocación misteriosa que solo Dios puede comprender.
Ningún hombre es una isla

Thomas Merton
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