
Sus ojos eran de distinto color: el izquierdo, marrón como el otoño; el derecho, gris como el viento del Atlántico. Ambos parecían llenos de preguntas que jamás se formularían, como si aún no existieran palabras para expresarlas. Tenía diecinueve años, aproximadamente; se desconocía su edad exacta. Su rostro era tan fresco como una manzana y tan delicado como una flor, pero una marcada depresión en los huesos bajo su ojo izquierdo le confería a sus facciones una asimetría inquietante. Su boca nunca se curvaba en una sonrisa. Dios, al parecer, le había negado esa posibilidad, con la misma certeza con la que le niega la vista a un ciego. Le había negado muchas otras cosas. Amparo estaba tocada: por el genio, por la locura, por el Diablo, o por una conspiración de todo esto y más. No recibía sacramentos y parecía incapaz de rezar. Le horrorizaban los relojes y los espejos. Según ella misma contaba, hablaba con los ángeles y podía oír los pensamientos de los animales y los árboles. Era apasionadamente bondadosa con todos los seres vivos. Era un rayo de luz estelar atrapado en carne, esperando el momento en que continuaría su viaje hacia la eternidad. (pág. 33)
La religión

Tim Willocks
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