
¿Estás listo para las nuevas fragancias urbanas? Sí, supongo que estoy listo, pero escucha: el perfume es un disfraz. Desde la Edad Media, hemos usado máscaras de frutas y flores para ocultarnos la esencia carnosa de nuestra humanidad. Apreciamos el atractivo sexual de la rosa, la madurez de la naranja, más de lo que honramos nuestra propia carnalidad madura. Ahora, hoy también queremos perfumar nuestras ciudades; reemplazar sus irritantes vapores del sueño perturbado de los fósiles con el aroma de jardines y huertos. Sin embargo, los humanos no son abejas, como tampoco son flores. Si debemos cubrir nuestro entorno urbano con una capucha olfativa, que sea de una naturaleza diferente. Quiero viajar en un tren que huela a copos de nieve. Quiero tomar un sorbo en cafés que huelan a cometas. Bajo la presión de mis pasos, quiero que las calles emitan el olor preciso de un collar de diamantes. Quiero que los periódicos que leo huelan a los violines que los vagabundos llorosos dejaron en las casas de empeño en Nochebuena. Quiero llevar equipaje que apeste a las neuronas del cerebro de Einstein. Quiero que los gases de una ciudad huelan a los pelos dorados del vientre de los dioses. Y cuando contemple una imagen televisada de la luna, quiero detectar, desde una distancia de 239.000 millas, el aroma de la mozzarella fresca.
Patos salvajes volando hacia atrás

Tom Robbins
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