
El pequeño Otak se escondía en las vigas de la casa, como hacía cuando entraban extraños. Allí permaneció mientras la lluvia golpeaba las paredes, el fuego se apagaba y la noche avanzaba lentamente, dejando a la anciana cabeceando junto a la chimenea. Entonces el otak se arrastró hasta Ged, que yacía rígido e inmóvil sobre la cama. Comenzó a lamerle las manos y las muñecas, larga y pacientemente, con su lengua seca de color marrón hoja. Agachándose junto a su cabeza, le lamió la sien, la mejilla marcada por las cicatrices y suavemente los ojos cerrados. Y muy lentamente, bajo ese suave contacto, Ged despertó. Despertó sin saber dónde había estado, ni dónde estaba, ni qué era aquella tenue luz gris que lo envolvía, la luz del amanecer que llegaba al mundo. Entonces el otak se acurrucó cerca de su hombro como de costumbre y se durmió. Más tarde, cuando Ged recordó aquella noche, supo que si nadie lo hubiera tocado cuando yacía tan perdido, si nadie lo hubiera llamado de vuelta de alguna manera, podría haberse perdido para siempre. Fue solo la sabiduría instintiva y muda de la bestia lamiendo a su compañero herido para consolarlo, y sin embargo, en esa sabiduría Ged vio algo parecido a su propio poder, algo que llegaba tan profundo como la hechicería. Desde entonces creyó que el sabio es aquel que nunca se aparta de los demás seres vivos, tengan o no habla, y en años posteriores se esforzó por aprender lo que se puede aprender, en silencio, de los ojos de los animales, del vuelo de los pájaros, de los grandes y lentos gestos de los árboles.
Un mago de Terramar

Ursula K. Le Guin
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