
Antes creía que la libertad era libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de conciencia. Pero la libertad es la vida entera de cada persona. En resumen: uno debe tener derecho a sembrar lo que desee, a fabricar zapatos o abrigos, a hornear pan con la harina molida del grano que ha sembrado, y a venderlo o no venderlo según su voluntad; para el tornero, el siderúrgico y el artista, se trata de poder vivir y trabajar como deseen, y no como les ordenen. Y en nuestro país no hay libertad, ni para quienes escriben libros, ni para quienes siembran, ni para quienes fabrican zapatos. (Grossman, p. 99) Observó que «En la lucha diaria de la gente por sobrevivir, en los esfuerzos extremos que los trabajadores realizaban para ganar un rublo extra mediante trabajos ocasionales, en la batalla de los campesinos colectivos por el pan y las patatas como único fruto de su trabajo, él [Iván Grigoryevich] percibía algo más que el deseo de vivir mejor, de alimentar y vestir a sus hijos. En la lucha por el derecho a fabricar zapatos, a tejer suéteres, en la lucha por cultivar lo que uno deseaba, se manifestaba el anhelo natural e indestructible de libertad inherente a la naturaleza humana. Había visto esa misma lucha en la gente del campo. La libertad, al parecer, era inmortal a ambos lados del alambre de púas». (Grossman, p. 110)
Fluyendo eternamente

Vasily Grossman
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