
El dolor tenía la capacidad de desenredar el tiempo. Pensaba en el siguiente minuto, en la siguiente hora. No había suficiente espacio en mi mente para unir todas esas piezas, para encontrar las palabras que lo resumieran todo. Pero la parte de «seguir adelante», para eso sí tenía las palabras. «Encuentra la manera de seguir adelante», me dije. «No tiene que ser buena ni noble. Con que haya una razón». Yo conocía la mía: había un hambre dentro de mí, y siempre la había habido. Un hambre más fuerte que el dolor, más fuerte que el horror. Seguía mordiéndome incluso después de que todo lo demás dentro de mí se hubiera rendido. Y cuando finalmente le puse nombre, descubrí que era algo muy simple: el deseo de vivir.
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Verónica Roth
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