
Pasando entre los insurgentes que se apartaban con reverencia religiosa, [el padre Mabeuf] continuó recto hacia Enjolras, que retrocedía petrificado, le arrebató la bandera y, sin que nadie se atreviera a detenerlo ni a ayudarlo, este anciano octogenario, con la cabeza vacilante pero los pies firmes, subió lentamente los escalones de piedra construidos en la barricada. El espectáculo era tan serio que todos a su alrededor exclamaron: «¡Quítense el sombrero!». Con cada paso que subía, se volvía más y más terrible: su cabello gris, su rostro decrépito, su frente ancha, serena y arrugada, sus ojos hundidos, su boca entreabierta y atónita, el viejo brazo que sostenía la bandera roja, emergieron de las sombras y se alzaron imponentes bajo el resplandor sangriento de la antorcha, y uno parecía ver el espectro de 1793 surgiendo de la tierra, ondeando el estandarte del terror. Cuando llegó al último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible, de pie sobre aquel montón de ruinas frente a mil doscientos fusiles invisibles, se irguió ante la muerte como si fuera más fuerte que ella, toda la barricada adquirió un aspecto colosal y sobrenatural en la oscuridad. Hubo uno de esos momentos de silencio que acompañan a los prodigios. En medio de ese silencio, el anciano ondeó la bandera roja y gritó: «¡Viva la Revolución! ¡Viva la República! ¡Fraternidad! ¡Igualdad!». ¡Y la muerte!
Los Miserables

Víctor Hugo
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