
Victor Hugo, Las Contemplaciones, La muerte. Vi a esta segadora. Estaba en su campo. Caminaba a grandes zancadas, segando y cortando, Un esqueleto negro que dejaba pasar el crepúsculo. En la sombra donde todo parece temblar y retroceder, El hombre siguió con sus ojos los destellos de la guadaña. Y los hombres triunfantes bajo los arcos triunfales Cayeron; ella convirtió Babilonia en un desierto, El trono en un cadalso y el cadalso en un trono, Rosas en estiércol, niños en pájaros, Oro en cenizas, y los ojos de las madres en arroyos. Y las mujeres gritaron: – Devuélvenos a este pequeño ser. Dejarlo morir, ¿por qué traerlo al mundo? – No fue más que un sollozo en la tierra, arriba, abajo; Manos con dedos huesudos emergieron de las camas negras; Un viento frío susurró en los innumerables sudarios; La gente desconcertada parecía bajo la oscura guadaña Un rebaño tembloroso huyendo a las sombras; Todo era luto, terror y noche bajo sus pies. Detrás de él, con la frente bañada en suaves llamas, un ángel sonriente portaba el haz de almas.

Víctor Hugo
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