
Parece que una opinión profunda, imparcial y absolutamente justa sobre nuestros semejantes es completamente desconocida. O somos hombres, o somos mujeres. O somos fríos, o somos sentimentales. O somos jóvenes, o envejecemos. En cualquier caso, la vida no es más que una procesión de sombras, y Dios sabe por qué las abrazamos con tanto avidez, y las vemos partir con tanta angustia, siendo sombras. Y por qué, si esto —y mucho más que esto es cierto—, por qué nos sorprende aún en el rincón de la ventana la visión repentina de que el joven en la silla es, de todas las cosas del mundo, la más real, la más sólida, la que mejor conocemos, ¿por qué en verdad? Porque al instante siguiente no sabemos nada de él. Tal es nuestra manera de ver. Tales son las condiciones de nuestro amor.
La habitación de Jacob

Virginia Woolf
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