
La mujer maltratada —pues llevaba falda—, con la mano derecha al descubierto y la izquierda aferrada a su costado, se quedó cantando sobre el amor: un amor que ha durado un millón de años, cantaba, un amor que prevalece, y millones de años atrás, su amante, que había muerto durante siglos, había caminado, tarareaba, con ella en mayo; pero en el transcurso de las eras, largas como días de verano, y llameantes, recordaba, con nada más que ásteres rojos, se había ido; la enorme hoz de la muerte había barrido aquellas tremendas colinas, y cuando por fin apoyó su cabeza canosa e inmensamente anciana sobre la tierra, ahora convertida en una mera ceniza de hielo, imploró a los dioses que pusieran a su lado un manojo de brezo púrpura, allí en su alto lugar de entierro que acariciaban los últimos rayos del último sol; porque entonces el espectáculo del universo habría terminado.

Virginia Woolf
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