
Nos convertimos en seis personas sentadas a una mesa en Hampton Court. Nos levantamos y caminamos juntos por la avenida. En el tenue, el crepúsculo irreal, intermitente como el eco de voces que reían en algún callejón, la cordialidad regresó a mí y a mi carne. Contra el portal, contra un cedro que vi brillar con intensidad, Neville, Jinny, Rhoda, Louis, Susan y yo, nuestra vida, nuestra identidad. El rey Guillermo seguía pareciendo un monarca irreal y su corona, mero oropel. Pero nosotros —contra el ladrillo, contra las ramas, nosotros seis, de entre cuántos millones de millones, por un instante de qué inconmensurable abundancia de tiempo pasado y tiempo por venir— ardíamos allí triunfantes. El instante lo era todo; el instante era suficiente.
Las olas

Virginia Woolf
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