
Parece reconfortante hundirse en un sofá en un rincón, mirar, escuchar. Entonces, dos figuras de espaldas a la ventana aparecen entre las ramas de un árbol frondoso. Con una oleada de emoción, uno siente: «Hay figuras sin rasgos, revestidas de belleza». En la pausa que sigue, mientras las ondas se extienden, la chica con la que se debería hablar se dice a sí misma: «Es viejo». Pero se equivoca. No es la edad; es que ha caído una gota; otra gota. El tiempo ha sacudido de nuevo el conjunto. Salimos sigilosamente del arco de las hojas de grosella, hacia un mundo más amplio. El verdadero orden de las cosas —esta es nuestra perpetua ilusión— ahora es evidente. Así, en un instante, en un salón, nuestra vida se ajusta a la majestuosa marcha del día a través del cielo.
Las olas

Virginia Woolf
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