
Deteniéndose en el umbral, miró hacia adentro, consciente no tanto de los pocos muebles familiares —la cama nido, la desgastada alfombra de Bruselas, la jarra y el lavabo desconchados con bandas azules, los textos iluminados enmarcados en las paredes— sino de una colmena perfecta de recuerdos aborrecibles. Aquel alto armario en la esquina, del que ciertas formas incorpóreas solían emerger y agacharse ante él, acurrucadas en sus sueños; el papel pintado con estampado de cangrejos que cobraba vida al mirarlo; la ventana fría con estrellas amenazantes; los agujeros de ratón, la rejilla oxidada —trompeta de cada viento que sopla—, todos estos objetos le gritaban a la vez con vehemencia en sus propias lenguas originales. («Desde las profundidades»)
Grandes relatos de terror y lo sobrenatural.

Walter de la Mare
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