
Hasta la época moderna, gran parte de nuestro pensamiento se centraba en rituales de retorno a la condición humana. En busca de la iluminación, la Tierra Prometida o el camino de regreso a casa, el hombre se adentraba, o se veía obligado a hacerlo, en el desierto, se medía con la Creación, reconocía finalmente su verdadero lugar en ella y, así, se salvaba tanto del orgullo como de la desesperación. Al verse como un pequeño miembro de un mundo que no puede comprender, dominar ni poseer en un sentido definitivo, le resulta imposible considerarse un dios. Del mismo modo, puesto que participa de todo aquello de lo que forma parte, depende de ello y recibe su gracia, tampoco puede convertirse en un demonio; no puede caer en la desesperación final de la destrucción. Al regresar del desierto, se convierte en restaurador del orden, en preservador. Ve la verdad, reconoce a su verdadero heredero, honra a sus antepasados y su herencia, y bendice a sus sucesores. Él encarna el paso del tiempo humano, viviendo y muriendo dentro de los límites humanos del dolor y la alegría. (pág. 95, «El cuerpo y la tierra»)
El arte de lo cotidiano: Ensayos agrarios

Wendell Berry
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