
Deambulo por cada calle concesionada, cerca de donde fluye el Támesis concesionado; una marca en cada rostro que encuentro, marcas de debilidad, marcas de dolor. En cada grito de cada hombre, en cada grito de miedo de un niño, en cada voz, en cada prohibición, escucho los grilletes forjados por la mente: cómo el grito del deshollinador aterroriza a cada iglesia ennegrecida, y el suspiro del soldado desventurado corre en sangre por los muros del palacio. Pero sobre todo, a través de las calles de medianoche escucho cómo la maldición de la joven ramera apaga la lágrima del recién nacido, y plaga con plagas el coche fúnebre nupcial.
Canciones de inocencia y de experiencia

William Blake
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