
cuando por fin salió, tenía los ojos secos. Sus padres la miraron desde su silencioso desayuno. Ambos empezaron a levantarse, pero ella extendió una mano y los detuvo. «Puedo cuidarme sola, por favor», y se dispuso a buscar algo de comer. La observaron atentamente. De hecho, nunca había tenido mejor aspecto. Había entrado en su habitación siendo simplemente una chica increíblemente hermosa. La mujer que salió era un poco más delgada, mucho más sabia y un océano más triste. Esta entendía la naturaleza del dolor, y bajo la gloria de sus rasgos, había carácter y un conocimiento certero del sufrimiento. Tenía dieciocho años. Era la mujer más hermosa en cien años. Parecía no importarle. «¿Estás bien?», preguntó su madre. Buttercup sorbió su chocolate. «Bien», dijo. «¿Estás segura?», preguntó su padre. «Sí», respondió Buttercup. Hubo una pausa muy larga. «Pero no debo volver a amar jamás». Y nunca lo hizo.
La princesa prometida

William Goldman
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