William Hjortsberg

Estaba examinando las velas perfumadas de colores, que prometían buena fortuna con el uso continuado, cuando una encantadora joven de piel morena entró desde la trastienda y se detuvo detrás del mostrador. Llevaba una bata blanca sobre su vestido y aparentaba unos diecinueve o veinte años. Su cabello ondulado, hasta los hombros, era del color de la caoba pulida. Varios aros finos de plata tintineaban en su muñeca de huesos delicados. «¿Puedo ayudarle?», preguntó. Debajo de su dicción cuidadosamente modulada, se percibía la melodiosa melodía del calipso caribeño.
– William Hjortsberg –


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Estaba examinando las velas perfumadas de colores, que prometían buena fortuna con el uso continuado, cuando una encantadora joven de piel morena entró desde la trastienda y se detuvo detrás del mostrador. Llevaba una bata blanca sobre su vestido y aparentaba unos diecinueve o veinte años. Su cabello ondulado, hasta los hombros, era del color de la caoba pulida. Varios aros finos de plata tintineaban en su muñeca de huesos delicados. «¿Puedo ayudarle?», preguntó. Debajo de su dicción cuidadosamente modulada, se percibía la melodiosa melodía del calipso caribeño.

Ángel caído


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William Hjortsberg


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