
En nuestro propio país, incluso en las décadas de 1960 y 1970, pudimos observar cómo hombres cristianos y judíos ejemplares, pilares de nuestra sociedad, al acceder al poder político y militar, podían sentarse con calma y serenidad en sus oficinas climatizadas de Washington y, con frialdad, sin el menor escrúpulo ni remordimiento moral, planificar y ordenar la masacre de cientos de miles de hombres, mujeres y niños, así como la destrucción de sus hogares, granjas, iglesias, escuelas y hospitales en una lejana tierra asiática de campesinos pobres que jamás nos habían amenazado en lo más mínimo, que eran incapaces de hacerlo. Casi igual de salvaje fue la aceptación, por parte de la mayoría de nosotros, los ciudadanos, de semejante barbarie, hasta que, hacia el final, nuestras conciencias adormecidas —¿o deberíamos decir cobardes?— despertaron.

William L. Shirer
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